La rana que quería ser princesa

La rana que quería ser princesa

Croac, croac, dijo la ranita joven y verde del estanque estancado.

Croac, croac, croac, contestó la rana madre mirando a su hija de lado y pendiente más de la comida que de las veleidades ensoñadoras de su hija.

Croac, croac, insistió la ranita una y otra vez, mirando al cielo, a su madre, otra vez al cielo y otra vez a su madre, a la vez que saltaba del agua a la orilla y de la orilla al agua.

Su madre estaba a punto de enfadarse. Así era imposible hacer nada ni concentrarse en las tareas cotidianas como comer y charlar con sus vecinas. Ni siquiera podía pensar en los problemas de un mañana cada vez más negro y más incierto a medida que la charca se secaba por la falta de lluvia.

Pero su hija, su única y queridísima hijita, seguía croando y croando y pidiéndole lo imposible. ¿De dónde habría sacado esas ideas?

Desde pequeñina, siempre pecó de fantasiosa y de presumida, más de lo primero que de lo segundo pero en grandes cantidades de ambas cosas. Sus fantasías la perseguían y, una y otra vez, se las contaba a su madre que, con toda la paciencia de las madres de este mundo, las escuchaba aunque apenas las comprendía, las escuchaba aunque pensara en lo irreales que eran y en el daño que le estaban haciendo a su hija.

La pequeña ranita verde insistió e insistió. Día tras día y mes tras mes. A la luz del sol y a la sombra de la luna. La charca ya estaba más que harta de oir su historia.

Un día, casi de anochecida, cansada y abatida la madre, ansiosa y pesada la hija, ocurrió lo que tenía que ocurrir.

La madre dijo croac, croac. La hija contestó croac, croac, croac. Ambas, pesarosa la madre y alegre la hija, salieron juntas de la charca de siempre, saltaron hasta el bosque, cruzaron la barrera del día y vieron la luna iluminando el sendero que llevaba al castillo.

Saltaron y pararon. Volvieron a saltar y a descansar y, de pronto, se encontraron en la puerta de aquella inmensa mole de piedra medio derruida que poco se parecía a sus viejos esplendores.

Las leyendas, aquellas que se escuchaban en la charca pero que nadie creía y que solo servían para distraer a las ranitas más jóvenes, decían que lo habitaba un príncipe pero los hechos parecían decir que no había nadie. La rana madre estuvo a punto de dar la vuelta pero quería dejar de escuchar a su hija con la misma historia de siempre.

Cruzaron la puerta casi cogidas de la pata, recorrieron pasillos y salones, subieron escaleras y escalaron almenas y torres. Todo el castillo miraron y solo una sala les quedaba por ver allá en lo más alto. Lograron abrir la puerta, nadie hablaba y apenas respiraban. La madre, abatida y cansada. La hija, cansada y triste. Esta era la última puerta, la última esperanza para la ranita y la última rutina para la descreída madre que solo tenía ganas de regresar a su charca de siempre.

La ranita entró primero y lo vio primero. La madre apenas lo miró y ya estaba casi desmayada. Allí estaba: el príncipe de los cuentos de siempre, el príncipe del que su bisabuela ya hablaba y en el que nadie creía. Cerraron los ojos y los abrieron de nuevo. Y otra vez volvieron a cerrarlos. Pero el príncipe seguía allí, sin moverse, tumbado en una vieja cama que apenas se mantenía en pié.

Por la cabeza de ambas pasaron a toda prisa las cosas que se contaban. La rana madre contempló la emoción de su hija que apenas si podía moverse. La ranita pensaba que el corazón se le salía de su verde pecho.

La hija logró dar unos saltos para acercarse y un gran salto para subirse a la cama. Con más miedo que deseo miró al príncipe dormido.

No dijo nada. No pensó en nada. Ni siquiera recordó su ansia y sus prisas. Ni siquiera quería abrir los ojos. Prefería, ahora que estaba allí, seguir soñando por si la realidad no era la que ella soñaba. A veces era mejor seguir soñando que quedar desengañada.

Pero recordó la leyenda. Si una rana besaba al príncipe, el príncipe se convertiría en rana y sería el nuevo rey de las charcas. Y la rana que lo besara sería su princesa, la princesa de todas las ranas del lugar.

Y la ranita, sin pensarlo más, le besó.

De vuelta a su charca, la madre – croac, croac, croac – refunfuñaba y miraba a su hija de reojo. La ranita, ensimismada aún, soltó solo un croac pesaroso y resignado. No podía quitar de su cabeza aquel príncipe arrogante y majestuoso que, una vez despierto por su beso, sin mirarla y a punto de pisarla sin enterarse, se pavoneaba delante de los espejos de la sala.

Pero, pensó la ranita, habría más y más príncipes a los que despertar y alguno de ellos sería sin duda su príncipe.

Ángel Lorenzana Alonso

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