Refugio Capítulo XXV

Refugio Capítulo XXV

Ahmad se toca el pecho con la mano. Tranquilo caballo desbocado. Que Julia esté sentada en el banco, esperándote, tampoco es como para morirte. ¿Qué no? Lo cierto es  que  le agradezco a la vida infinitamente nuestro encuentro.

Mientras se dirigía hacia el banco donde le esperaba Julia, iba luchando con su interior e intentando tranquilizar la sangre que le corría a toda velocidad por el cuerpo.

           -Buenos días Julia, la tomó las manos y se las besó. –Julia se derretía ante Ahmad, nunca había sentido algo tan fuerte por otra persona.

           -Buenos días Ahmad, y sus pupilas se perdieron en la profundidad de las de él.

Cuando se hubieron calmado sus agitados átomos, Ahmad notó preocupación en los ojos de su amada.

           -Es horrible Ahmad, acabo de ver una fotografía premiada en el periódico, que me ha dejado impotente y triste. La humanidad camina hacia el abismo. Estamos perdiendo valores. Queremos tener todo de una forma tan inmediata, que nos perdemos lo más bonito, el viaje que es conseguir y aprender con ciencia y paciencia.

           -Bueno, tampoco seas tan derrotista, creo que hay una gran parte de personas, hasta en el último rincón del mundo que se preparan, viven por sus ideales y ayudan a los demás a perseguir sus sueños.

Julia le mostró la fotografía a Ahmad, por las mejillas del joven, comenzaron a rodar gruesas lágrimas. Él había vivido aquella situación, había sentido que la muerte le tomaba del brazo cuando viajaba en la embarcación que, en su caso, arribó en la costa. Se acordó de cómo abrazó a su hermano, y de cómo luego convivieron en aquella precaria tienda en el campo de refugiados con Hala y su familia. De momento la muerte les había respetado, no así, a los cadáveres que se mostraban en la fotografía del periódico.

Mordida existencial: Este mordida quiere ser un aliento a todos los que ayudan, protegen, cuidan, tienden una mano y tratan al de al lado y al de enfrente con dignidad. Viendo las imágenes de cada día en la tele o en cualquier otro medio de información, nos vamos inoculando contra el sufrimiento ajeno. De vez en cuando no nos vendría mal situarnos, aunque solamente sea mentalmente, en la piel de una madre que tiene que viajar sin saber a dónde, con su prole, dejando su casa, a los suyos muertos o desaparecidos y mirando hacia delante. Con un poco de empatía, creo que se podrían conseguir grandes cambios. ¿O no?

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo

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