Refugio (Capítulo IV)

Refugio (Capítulo IV)

Le encantaba el tacto de la madera de la mesa. A veces, se sorprendía acariciando aquel árbol dormido que respiraba bajo el libro o bajo el cuaderno en el que preparaba los ejercicios. Era muy bueno en matemáticas, en su tierra, se lo decía el maestro. – Serás un buen científico. Volvieron los ayeres, custodiando el dolor que a veces le sacudía el lado menos amable de la existencia. Su hermano enfrente de él, intentaba dar solución a un problema. Le ayudó y le abrazó queriendo devolverle  con sus brazos, toda la ternura que sus progenitores ya nunca le darían.

No volvió a ver más al batracio que un día abrió un agujero oscuro en su corazón. Ahora en el internado transcurría la vida con una agradable rutina donde tanto él como su hermano se encontraban bien.

Aquella tarde, esperaban la visita de la familia con la que habían compartido tienda en el campo de refugiados. Les visitaban a menudo y pasaban unas horas llenas de alivio, hablando en su idioma, la madre de la familia, traía algún plato típico de su cocina tradicional, recordaban el juego de las “palabras  cortadas”, recomponían días pasados, atusando la esperanza. Pero aquella tarde no llegaron, era muy raro, algo tenía que haber pasado. El mayor de los hermanos se acercó al teléfono y marcó el número de la familia. Sonó el ring, ring, ring, pero nadie asía el auricular al otro lado. –Llamaré más tarde.  -¿Qué crees que ha podido pasar? –No lo sé, pero tranquilo, lo averiguaremos más tarde.

           -Toc, toc. Sonó al otro lado de la puerta. –Tenéis una llamada, le dijo un cuidador. Salieron como viento de tormenta pasillo adelante. – Hemos tenido que llevar a madre al hospital. Parece que le tienen que hacer unas pruebas. De momento no sabemos más, por eso no hemos podido ir a visitaros.

En los ojos de los muchachos una hondura opaca revolvía la calma. Tanto los dos hermanos, como el padre de la familia y sus dos hijos, intentaron pasar aquellos días redoblando sus peticiones de salud a la vida, y hubo suerte. Esta vez hubo suerte, la medicina en el país de acogida, pudo salvar a la mujer.

Regüeldo: Pero la medicina que salvó a la refugiada, (refugiados, a fin de cuentas venimos a ser todos alguna que otra vez) ahora se está deteriorando. Los recortes, la crisis, la mala utilización, vete tú a saber, está poniendo en peligro el estado de nuestra sanidad pública. Y la sanidad es sagrada, deberíamos mimarla.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

Compartir