Refugio (Capítulo III)

Refugio (Capítulo III)

Detrás del enorme nubarrón que emborronaba a  la noche, asomaba un ojo de la luna. Desde su ojo al descubierto, el lucero de la noche, pudo observar los cristales manchados por las lágrimas de aquel muchacho que la llamaba a gritos para que se lo llevara con ella; a él y a su hermano pequeño.

           -¡Luna, ven a por nosotros! ¡Llévanos contigo! Se le escaparon las frases casi en un grito que despertó al pequeño.

           -¿Qué pasa? Me parece haber oído unos gritos. ¿Qué haces ahí de pie a estas horas?

           -Anda vuelve a dormirte. Estoy un poco desvelado nada más.

           -Ven acuéstate conmigo. Dijo el pequeño abriendo las fauces de la cama para que su hermano se acostara con él.

Éste obedeció al pequeño y le abrazó dándole cobijo y cariño,  tomando él mismo la ternura de su hermano para acallar el grito que llevaba en las vísceras.

En su corazón encogido por el miedo, rugía un dragón a punto de despertar. No iba a tolerar ni uno sola vez más aquella humillación.

Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue dirigirse al despacho del director del centro. Allí vomitó todos los sapos que un degenerado encargado del comedor, le hacía tragar cuando le venía en gana. El director no podía creer lo que aquel muchacho le estaba  contando. Todos los encargados del centro se sometían a un estricto control y examen para que no se diera ningún atisbo de abuso. Todos, menos los que enviaba la entidad religiosa. Se daba por hecho, que ellos pasaban sus propios controles. Nunca hubiera podido sospechar que bajo aquella fina piel y exquisita entrega, se escondiera un batracio capaz de usurpar lo más digno y limpio de un alma inocente.

– Vete tranquilo…. En aquel preciso instante, antes de que el muchacho se levantase de la silla, llamaron  a la puerta y acto seguido, entró el reptil. El muchacho empezó a temblar y se resguardó detrás del director.

-¡Qué haces aquí, chaval! ¿No le habrá contado lo que me dijo a mí sobre alguno de los cuidadores? Mientras decía esto, se puso profundamente pálido y empezó a hiperventilar, cayendo postrado de rodillas ante el director.

Regüeldo: No muchos tienen que pagar por unos pocos, pero sí esos pocos, deben pagar ante el prójimo, por el irreparable daño causado.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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